jueves, 10 de mayo de 2012

0191. Testimonio: Ludwig van Beethoven - Alemania


Luces y sombras de un genio creativo
“Qué triste es lo que me tocó, debo evitar 
todas las cosas que me son queridas”


Ludwig van Beethoven


Talentoso, innovador y con una personalidad avasallante, Ludwig van Beethoven comprendió mejor que nadie cuán paradójica puede ser la vida: en la cima de su carrera como músico, comenzó a quedarse sordo.

Nacido en Bonn, Alemania, en 1770, se crió en el seno de una familia de campesinos humildes pero muy relacionados con la música. Su abuelo y luego su padre fueron directores de la orquesta de la capilla de su pueblo. A su talento natural se sumaron, entonces, las lecciones que recibía día tras días.

Su padre, obsesionado con la precocidad de otro prodigio de la época, Wolfgang Amadeus Mozart, quería para su hijo idéntico destino. Así, Ludwig comenzó a aprender piano, órgano y clarinete de muy pequeño, algo que marcó su infancia porque lo alejó de otros chicos de su edad y le fue templando su carácter.

Además, era común que en las tertulias ofrecidas en su casa fuera levantado en plena madrugada para que tocara el piano para los invitados. Pero estos no eran los únicos problemas. El padre, en realidad, era alcohólico, lo que provocó que perdiera el puesto como director de la orquesta. Sumada a esta situación, su madre tenía salud frágil y se enfermaba con frecuencia. Siendo muy joven, tuvo que hacerse cargo de sus pequeños hermanos.

Las piedras del camino

Con sólo siete años, Beethoven realizó su primera actuación en público en la ciudad de Colonia. De allí en adelante, su carrera no se detuvo jamás. Comenzó una serie de viajes a Viena, Austria, para tomar clases, brindar conciertos y componer las más maravillosas obras que surgieron de su creatividad clásica.

Ya en 1800, consagrado en las cortes de toda Europa y en los círculos culturales, reconocido y homenajeado, Ludwig comienza a tener problemas de audición. A esa época pertenece el conocido “Testamento de Heilingenstadt”, en el que expresa su desesperación y disgusto ante la injusticia de que un músico pudiera quedarse sordo, algo que no podía concebir ni soportar. Incluso, llegó a plantearse el suicidio, pero la música y su fuerte convicción de que podía hacer un gran aporte a la cultura hicieron que siguiera adelante. En ese testamento, precisamente, escribió que sabía que todavía tenía mucha música por descubrir, explorar y concretar. Y así lo hizo.

A su genio maravilloso debemos agradecer obras como Claro de luna, Patética, La Eroica, Para Elisa, Fidelio, la Quinta y la Novena Sinfonía, solo por mencionar algunas. En total, compuso obras para piano, de cámara, vocales y hasta para orquesta.
Su enfermedad

“…Por dos años he evitado casi toda reunión social, porque me es imposible decirle a la gente `hable más fuerte, estoy sordo´…si yo perteneciera a cualquier otra profesión esto sería más fácil, pero en la mía el hecho es algo aterrador…” se confesaba con uno de sus amigos Beethoven, ante el hecho consumado de su enfermedad auditiva.

Sin embargo y más allá de lo mucho que se ha exagerado, la sordera del músico no fue completa de entrada. En realidad, se estableció y desarrolló bastante lentamente. Lo que sí fue dramático fue el momento en el que el exitoso compositor e intérprete, tuvo que aceptar que tenía una enfermedad permanente, con la que iba a tener que convivir. Y que se agravaba lentamente.

Cuando ya no pudo esconder la dolencia, terminó aceptando su situación. A pesar de lo doloroso de la situación, su llama creativa nunca se apagó. Incluso, podríamos decir que hasta el final de su vida hubo algunos días en los que podía escuchar algo, muchos otros, nada.

Entonces, con la sordera completamente instalada – a partir de 1818-, Ludwig comenzó a usar cuadernos en los que sus amigos y visitantes podían escribir lo que querían comunicarle o preguntarle. Son los famosos “cuadernos de conversación” que se trascribieron y son conocidos, aunque no sucedió lo mismo con sus respuestas.

Cientos de años más tarde, con avances tecnológicos que permiten chequear en profundidad cada parte del cuerpo, los estudios parecen determinar que el músico sufría de labyrinthitis, es decir que tenía una lesión del oído interno. Otras fuentes aseguran que también sufría de saturnismo, un mal causado por altas concentraciones de plomo en la sangre, que provoca descomposturas permanentes.

Éxitos y reconocimientos se entremezclan con angustias, tristezas y enfermedad, pero el gran legado que dejó al mundo Beethoven es el de haber seguido luchando por su gran vocación, con la generosidad de compartirla en obras monumentales, que permanecerán en los tiempos, en los oídos de quienes quieran escucharlas.

Murió en 1827, pero su música sigue siendo eterna.

Artículo publicado en:
Revista "Oír ahora.Y siempre"
Año 1 - Revista No. 1
Argentina, Febrero 2010
Página 30.

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