jueves, 31 de mayo de 2012

0208. Testimonio: Juan Fernández de Navarrete "el Mudo" - España

Self portrait - Juan Fernandez de Navarrete

El pintor de oro

Juan Fernández de Navarrete


Juan Fernández de Navarrete, conocido como “el Mudo”, fue uno de los artistas más destacados de la España renacentista. Más allá de padecer sordera desde los tres años, supo posicionarse como uno de los mejores de su época.

Juan Fernández de Navarrete, conocido como Navarrete “el Mudo”, nació en Logroño, en 1526. Fue un pintor español de la Edad de Oro que se destacó por su labor al servicio del rey Felipe II, quien le encargó decorar los muros de la famosa Basílica de San Lorenzo de El Escorial. 

Uno de sus rasgos más interesantes es que quedó sordo a los tres años de edad a causa de una enfermedad, lo que le imposibilitó adquirir el habla. Pese a poder comunicarse solo por un lenguaje de señas muy rudimentario, aprendió a leer y escribir y fue una persona muy culta, lo que contribuyó a que se convirtiera en uno de los pintores más influyentes de su época. Si bien no hay datos precisos de este período, se sabe que fue criado en el monasterio jerónimo de La Estrella en San Asensio (de la región de La Rioja, España) por el fray Vicente de Santo Domingo. Se estima que interactuaban con un precario sistema de signos que desde la Edad Media se empleaba en las comunidades monásticas que utilizaban el voto de silencio. Y aunque fue un grande, toda su vida tuvo que sobreponerse a su discapacidad.

En su homenaje, el reconocido poeta Lope de Vega le compuso este epitafio: “No quiso el cielo que hablase, / porque con mi entendimiento / diese mayor sentimiento / a las cosas que pintase. / Y tanta vida les di / con el pincel singular / que como no pude hablar / hice que hablasen por mí"

Un artista con todas las letras

Aunque poco se conoce de su vida personal, el fray José de Sigüenza, en su libro Historia de la Orden de San Jerónimo, relató detalladamente los avatares de la construcción de El Escorial, entre los que se incluyen las labores de Navarrete.

En este escrito se narra que “el Mudo” recorrió toda Italia estudiando arte: estuvo en Roma, Venecia, Milán y Nápoles. Su consagración fue de la mano del rey Felipe II, quien le encargó la restauración del Descendimiento de Roger van der Weyden, y recortar el Noli me tangere de Tiziano Vecellio (ambas obras del Museo del Prado). Como su tarea fue óptima, el rey le pidió que le pintase un original. Así fue como nació el Bautismo de Cristo, una de sus pinturas clave, en 1567.


El éxito y la aceptación de esta obra hicieron que el 6 de marzo de 1568 fuera nombrado pintor oficial del rey. Luego llegaría uno de los encargos más ambiciosos que le realizaron: treinta y dos pinturas de santos para las capillas laterales de la basílica de El Escorial. 


Su habilidad resulta más que sorprendente si tenemos en cuenta que es uno de los primeros sordos que en el Siglo XVI consiguió adquirir una importante cultura general. Fue reconocido por la piedad y la devoción de los gestos de sus figuras, en perfecta armonía con las intenciones de la Monarquía Hispánica. 

Su obra influyó decisivamente en Francisco Ribalta, que copió varias de sus creaciones y así marcó un punto de partida fundamental en el desarrollo de la escuela española de pintura del Barroco.

Lo bueno, si breve, dos veces bueno

Aunque su obra fue reconocida y respetada en toda España, lo cierto es que no fue un artista fecundo. El martirio de Santiago (1571) es su pintura más conocida y la más veneciana, y fue la que inspiró el realismo de Ribalta. En 1576 entregó Abraham y los tres ángeles, considerada por el padre José de Sigüenza su mejor obra.


Si bien en solo cinco años sus cuadros colgaron de las paredes del Alcázar de Madrid, sus últimas obras dieron un giro notable. Empezó a optar por colores más lúgubres, en tonos de tierras pardas y negros, con un uso expresivo de la luz focalizada.


Estos rasgos pueden observarse en El entierro de San Lorenzo, donde aparece el mártir en las tinieblas de una noche cerrada. A su izquierda un muchacho, tomado de El Soplón de El Greco, sopla un tizón para encender el cabo de una vela. Este cambio artístico no es más que el reflejo de sus años finales de vida, que demuestran que Navarrete estaba en la culminación de su arte cuando le llegó una muerte prematura.



Ya pintaba muy esporádicamente, a causa de los contratiempos impuestos por su delicada salud (hay registros de que padecía grandes dolores estomacales y necesitó de largos períodos de recuperación). Fue así que, a fines de 1568, decidió retirarse para reponerse en el Monasterio de la Estrella.


Falleció el 28 de marzo de 1579, en la ciudad de Toledo. Su muerte evitó que pudiera concluir el encargo real de una serie completa de cuadros que iban a formar parte de un importante altar español, y sólo pudo entregar ocho de esas obras. Aún así, quedó el legado de una magnífica serie de apóstoles en los que muestra la dignidad de su dibujo y lo rotundo de sus figuras. De este modo, el espíritu luchador y talentoso de Navarrete, más allá de cualquier adversidad, se eternizó en su inigualable arte.
Bibliografía:
Rosemarie Mulcahy, Juan Fernández de Navarrete, el Mudo, pintor de Felipe II Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1999.
Publicado en:
Revista Oír ahora Y siempre
http://www.oirahoraysiempre.com/revistas/Revista_nro8.pdf
Año 3 - Número 8
Argentina - Mayo 2012
Página No. 38

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