lunes, 13 de agosto de 2012

0245. Testimonio: Leonardo Gulman - Argentina


También habla de los que siguen para el implante. 
"Hay un montón de gente que viene atrás, que se quiere implantar. Hay que ayudarlos. Es como un barco, vos naufragaste pero te salvaste, llegaste a la balsa. Entonces te das vuelta y ayudás a los que llegan allá".

Leonardo Gulman

(50 años) se reinventó a sí mismo varias veces a medida que iba perdiendo la audición. Tras recibirse de médico había elegido la neurocirugía como especialidad, pero con los primeros signos de hipoacusia se dio cuenta de que no iba a poder dirigir un equipo quirúrgico en esas condiciones. 


El problema, le dijeron, era de causa autoinmune. “Una especialidad de mucho estrés como la neurocirugía, con un antecedente familiar importante de sordera, sumado a un terreno alérgico, más una infección o cualquier otro factor puede desencadenar este tipo de patología”, explica ahora, a los 50 años.

Los médicos le advirtieron que era un cuadro progresivo que lo iba a llevar a la sordera total. Gulman cuenta que se deprimió, hizo el duelo y siguió adelante.

Busqué una especialidad menos crítica y me dediqué a la reumatología.

En aquella época usaba un audífono, pero pronto vio que no era suficiente para atender a sus pacientes y debió cambiarlo por otro más potente.

Al poco tiempo otra vez no alcanzaba. Esta pérdida de audición avanzó a lo largo de diez años, hasta convertirse en sordera absoluta. Gulman volvió a deprimirse y dejó el consultorio, pero abrió entonces una nueva etapa: estudió informática médica y estableció un sitio en Internet de educación a distancia que se llama cursosparamedicos.com

Al mismo tiempo aprendió lectura labial. Sin embargo, para él la comunicación empezó a pasar sobre todo por la palabra escrita: correo electrónico, chat y hasta el papel y el lápiz. Claro que no todo el mundo quiere tomarse el tiempo de escribir.

Para mí la sordera fue algo terrible, una incomunicación total –cuenta–.

No poder escuchar la risa de mis hijas... Estaba escondido, porque la sordera te lleva a aislarte. Era como estar en una pecera, aquí adentro (señala su oficina) me sentía bien, pero afuera era como si me ahogara. Dependía mucho de mi entorno familiar, sobre todo de mi esposa Claudia. No quería que me dejara solo en la calle.

Leonardo recuerda que en las reuniones familiares con varias personas había asumido el rol “del que se ocupa de ver si falta café, si alguien quiere más comida...
El resto hablaba y yo me quedaba afuera”. Lo que más odiaba era esa expresión que observaba repetirse en muchos. Cuando lo cuenta Gulman mueve la boca sin sonido, tal como él lo veía, y sus labios dibujan claramente una palabra: “¡pobre!”. Yo no quería que me dijeran eso. Yo era sordo, no, ¡pobre!

El año pasado Leonardo empezó a hacer consultas y estudios de cara a la operación. El día designado fue el último 20 de mayo.

Entré al quirófano contento –recuerda–. Tenía pensado acostarme, rezar y pensar en toda la gente que me acompañaba en ese momento. Pero sentí un pinchazo en el brazo y no tuve tiempo de nada: me quedé dormido enseguida.

Encendido

¿Me escuchás Leonardo? –dijo Norma después de encender los electrodos.
Y sí, Leonardo la escuchó. Y su mujer, Claudia, lloraba. Fue el 18 de junio y desde entonces cambió todo. Al haber sido oyente buena parte de su vida, la rehabilitación de Leonardo es mucho más rápida que la de Gabriel. No tiene que aprender los sonidos, sino volver a habituarse a ellos.

El primer día, sin embargo, las voces le parecieron todas iguales, “metálicas, como de dibujitos animados: no notaba tonalidades”. Pero se sentía eufórico.

“Norma me contó algo que le sucedía y yo le entendí todo, palabra por palabra. Era fantástico. Mi incomunicación había terminado.”Ese mismo día fue a tomar un café con su mujer. El mozo se acercó y dirigiéndose a él preguntó: “¿Qué van a tomar?”.
Leonardo cuenta que lo oyó perfectamente y que por primera vez en muchos años no esperó que Claudia contestara: lo hizo él. Dos capuchinos –dijo, y se sintió feliz.

Después vendrían las conversaciones por teléfono en las que oyó llorar a su familia y el registro de sonidos nuevos, como la desconocida alarma de su reloj.

Al tercer día desde la oficina marcó el número de su casa. Atendió su hija de doce años: era la primera vez en su vida que hablaba con ella por teléfono. Me contó que estaba estudiando y dijo que sabía que lo más importante era que estábamos hablando por teléfono.

Leonardo ya decidió volver a atender pacientes, en unas pocas semanas más.

También habla de los que siguen para el implante. "Hay un montón de gente que viene atrás, que se quiere implantar. Hay que ayudarlos. Es como un barco, vos naufragaste pero te salvaste, llegaste a la balsa. Entonces te das vuelta y ayudás a los que llegan allá".

Yo ahora estoy en contacto por e-mail con una chica de 30 años que se quedó sorda y está por ser implantada.

A ella le contó, pocas horas después del “encendido”, que las voces se oían metálicas y que “incluso al caminar mis pasos sonaban como los de Astroboy”. Pero ya al segundo día empezó a percibir nuevos matices. “Algo estaba cambiando, algo se estaba despertando: mi área cerebral auditiva.”


Copiado de :
Centro de Implantes Cocleares 
Profesor Diamante
"Testimonios"

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