martes, 14 de agosto de 2012

0246. Testimonio: Gabriel Garriga - Argentina


A las 9.30 del 18 de marzo entró al quirófano. “Instantes antes de dormirme –escribió después en su diario– tuve un sentimiento muy fuerte de que se cerraba un capítulo en mi vida.”


Gabriel Garriga

El primer día en que oyó, hace tres meses, Gabriel Garriga pensó que la letra ese sonaba como el silbido del viento. Lo sorprendió el ruido del gas al destapar una gaseosa y el del cierre relámpago deslizándose en su pantalón.

Gabriel sintió que ese día se abría ante él algo nuevo, un universo de sonidos desconocidos. 

El diario personal de Gabriel Garriga no deja de circular. Alguien subió una parte a Internet y otros se pasan fragmentos por correo electrónico.

Son muchos los que quieren saber, los que sueñan –y también temen– la operación.

A esos miedos, propios y ajenos, se enfrentó Garriga cuando empezó a considerar la posibilidad de ser implantado. Sordo de nacimiento debido a que su madre tuvo rubéola durante el embarazo, aprendió a leer los labios y a hablar en la Escuela Oral Modelo, donde cursó la primaria. Utilizaba un audífono que le daba acceso a un nivel de sonido muy básico, que no permitía diferenciar matices ni palabras. Nunca habló por señas. El secundario lo hizo en el Colegio Juan XXIII y luego estudió Sistemas: hoy tiene 37 años y trabaja en IBM haciendo desarrollo de software.

–Hay sordos que se relacionan sólo entre sordos, que forman una comunidad cerrada –dice–. Yo lo respeto, pero no me siento identificado. Lo que me apena es que mucha gente por enfrascarse en un debate sobre si es mejor el lenguaje gestual o el oral se olvida de los adelantos científicos.

El más espectacular de esos adelantos es, sin duda, el implante coclear. Consiste, básicamente, en una serie de electrodos implantados en la cóclea (oído interno). El sonido es recibido por un procesador de habla externo que posee un micrófono y transmitido como ondas electromagnéticas al implante. Luego los electrodos lo convierten en impulsos eléctricos que son enviados al cerebro.

Aunque la operación se realizó por primera vez hace unos quince años, en los últimos tiempos la técnica se perfeccionó mucho, a la vez que se redujo el dispositivo externo del paciente.

Todo eso llevó a muchas personas con hipoacusia a interesarse en ser implantados.

Gabriel encontró, sin embargo, que entre muchos sordos había “mala onda” con la cirugía. Le hablaron de una pérdida de su identidad debido a la operación, le contaron falsas historias de implantados que habían tenido malas experiencias e incluso alguien le envió un macabro poema titulado: “Sordo a la coclera”.

El cree que estas reacciones no son más que miedo.

–Hasta me dijeron que me iban a deformar la cara. Yo les contestaba que sólo se te va a deformar la cara si te operás con el doctor Cureta –se ríe.

El investigó, conoció chicos implantados y felices, se entrevistó con cuatro cirujanos y finalmente decidió operarse en el Centro de Implantes Cocleares Profesor Diamante.

A las 9.30 del 18 de marzo entró al quirófano. “Instantes antes de dormirme –escribió después en su diario– tuve un sentimiento muy fuerte de que se cerraba un capítulo en mi vida.”

“Un día totalmente inesperado y emocionante”, escribió Gabriel Garriga el 21 de abril, cuando activaron su implante. Había ido con su padre hasta el instituto, donde Norma Pallares, la especialista a cargo de la rehabilitación, fue calibrando uno a uno los electrodos. Entonces le avisó que iba a encenderlo.

“Era otro mundo sonoro el que me llegaba, totalmente diferente al que recibo a través del audífono”, sostuvo. Todo llamaba su atención: la diferencia de timbre entre dos mujeres, la explosión de la x en la palabra exacto, su propia voz.

Ese día, Gabriel Garriga registró sonidos que nunca en su vida había oído: el click de la llave de luz, el cierre de su bragueta, el ffffsssshhhhh del agua fluyendo de un bidón, las palmadas del médico en su hombro.

También notó que su voz “salía monocorde, monótona, como dándole el mismo énfasis, el mismo tono a cada palabra”, mientras que los otros le daban “una entonación distinta según su estado de ánimo y lo que van expresando”.

Escribió en su diario que concluía ese día con un shock emocional, “ligado a la impresión psicológica de haberme descerebrado”.

¿Por qué descerebrado?
Es una sensación muy fuerte, como si a vos se te abriera la puerta y entrara un montón de agua que te saca de lugar. Para mí fueron tantos sonidos que sobrepasaron la capacidad de procesar. Lo dice en medio de una confitería ruidosa, donde logra sortear la televisión encendida y el ruido de tazas y voces para oír y hacerse entender.

Pero ya pasaron tres meses del día del encendido y Gabriel trabajó arduamente con los especialistas, tanto en la calibración de los electrodos como en los matices de los sonidos, para avanzar en su comprensión. Insiste una y otra vez y quiere que quede claro: “Esto no es magia, es un aprendizaje”.

De la rehabilitación tras el implante coclear depende buena parte de su éxito. Según sus propios médicos, en estos tres meses Gabriel avanzó a pasos de gigante: logró lo que a otros les lleva un año. Incluso pudo mantener conversaciones telefónicas con personas conocidas, una meta nada fácil.

En este tiempo empezó a sentir que todo cambiaba. Oír no sólo significó entender las palabras, sino mucho más: entender de una forma diferente a los otros, pararse de otra manera ante el mundo.

Me doy cuenta de que hay modos de decir, que los modos de hablar son muy importantes. Antes mi voz era muy dura y fuerte, muy cortante. Ahora es más pausada, más suave y agradable. Eso permite que la gente se abra.

También cambió mucho mi relación con los compañeros de trabajo. Antes había mucho de lo que yo no me enteraba, ahora tengo más información. Y me doy cuenta, por ejemplo, cuando alguien tiene bronca.

Pero esos descubrimientos fueron teniendo lugar de a poco. Un día le sorprendió encontrar frustración en la voz de un amigo. Otra noche, en que su padre estaba de mal humor, sintió que hablaba “de un modo que me perforaba por dentro”.

“Todo eso –sostiene– me causa una sensación de ruptura interna de percepciones, pensamientos, visiones que antes eran más basadas en lo ‘blanco y negro’ hacia algo más rico, variado, completo... es un proceso todavía en elaboración, es un despertar que me hace sentir más vivo.”

También descubrió que los tonos pueden decir lo contrario que las palabras. 

Un día llamé a una amiga y bromeé con ella –cuenta–. Le sugerí hacer algo y me respondió “bueno” (usa un tono cortante, privado de todo entusiasmo). Por el tono, estaba diciendo que no. Entonces dejé de llamar, ese “bueno” me transmitió todo. Pero un sordo no se da cuenta de eso.

El diario de Gabriel registra día a día este vendaval de emociones que lo envuelven. Como en un velero, escribió. “Siento que me subí a un velero y estoy navegando sin cartas de navegación, ni brújula, ni tener idea de la ubicación de los puertos... simplemente me dejo llevar por el viento a donde me lleve. Creo que es la mejor manera de avanzar.”


Esa tarde con las fonoaudiólogas registró sus avances en el instituto. De ahí –escribió en el e-mail–, salí como mi amigo Leonardo Gulman recargado y no como Astroboy. En realidad, me sentía como Terminator 3: I’m back.

Copiado de :
Centro de Implantes Cocleares 
Profesor Diamante
"Testimonios"

2 comentarios:

Rodolfo de Las Rosas dijo...

Hola Felicidad¡¡, y gracias por subir todos estos ejemplos. Son todos cúmulos de experiencias y vivencias que me van ayudando en mi camino hacia el implante, para mirar con tranquilidad de lo que ya recorrí y lo que falta por venir¡¡
Muchos Saludos

"felicidad" dijo...

Rodolfo, Sigue en tu lucha por tu IC.
Ya falta poco para que sea una realidad.
Animo amigo!!!

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