miércoles, 17 de abril de 2013

0395. Testimonios: Belén y Gabriel, ambos implantados cocleares, se conocieron en grupos de autoayuda para adultos.



Historia de vida
Amor en el consultorio

Belén y Gabriel, ambos implantados, se conocieron en los grupos de autoayuda para adultos que se reúnen en la Clínica del Dr. Diamante y desde entonces son inseparables. 

Quién hubiera dicho que la hipoacusia iba a ser la excusa para que Belén y Gabriel encontraran el amor? Así fue. En el 2003, a sus 36 años, él –sordo de nacimiento– recibió un implante coclear en su oído izquierdo que cambió su vida para siempre: empezó a escuchar en el momento del encendido y tuvo un progreso impensado por los especialistas. A partir de entonces, comenzó a participar de las charlas para adultos implantados y candidatos a implantes que realizaba el equipo del Dr. Diamante, los cuartos martes de cada mes.

“Era un espacio donde aparecían candidatos a implantes, que tenían dudas y querían conocer la experiencia de quienes ya estábamos implantados para canalizar sus miedos. Un buen día, en el 2004, apareció ella, planteando su inquietud”, recuerda Gabriel con alegría.

Belén nació con el oído derecho totalmente sordo y el izquierdo con la mitad de audición. “Mis papás nunca tomaron mi discapacidad como tal. Para ellos, yo engañaba o mentía.

Entonces, hasta la mayoría de edad no pude equiparme. Cuando cumplí los 18 me compré mis audífonos y empecé todo el proceso, pero principalmente me manejaba por lectura labial, algo que adquirí sola; tuve una adaptación interna. De hecho, fui a una escuela pública común, pero siempre tuve una muy buena amiga que me pasaba los apuntes cuando no llegaba a escuchar”.

Las cosas cambiaron cuando, a sus 24 años y a punto de graduarse de maestra, empezó a perder la poca audición que le quedaba. Belén lo revive con intensidad: “Ya se veía venir la sordera inminente, así que fui a mi otorrino de toda la vida y le planteé: ‘me estoy por graduar de maestra en un año y no voy a poder ir nunca al aula’. Entonces, él me dijo que era amigo de Diamante y me dio una nota personal para que lo vaya a ver. Era mi última carta”.

Así inició el largo proceso para implantarse. “Uno de los pasos que me indicaron la psicóloga y la asistente social que seguían mi caso era asistir a los grupos de autoayuda de adultos para ver qué le pasa a otros que ya tenían el implante puesto. Ahí empecé a ver que había más gente en la misma y que escuchaban de verdad”.

Si bien el flechazo con Gabriel no fue inmediato, el romance nació de un modo muy simpático y particular. “Entre los sordos, las manos vuelan más rápido de lo que te puedas imaginar”, bromea ella. “En el grupo, las chicas éramos las chusmas que buscábamos armar parejitas. Eran muchos solteros, así que empezamos: ´che, ¿si le hacemos gancho a fulanito con menganita? ¡Se miraron!´. Era el típico conventillo de barrio.

Los varones me dijeron a mí que Gabriel estaba soltero y había que casarlo. Entonces, yo me comprometí a encontrar la candidata y hacerle la cabeza de que él era un santo”.

Con este objetivo, por mensajería electrónica, empezaron a chatear y a conocerse más: “Ella no paraba de hablarme de una amiga, Patricia, hasta que en un momento yo le puse: ´Mirá, la chica con la que yo quiero salir es con vos´. Y ella como si no me leyera, siguió con lo mismo. Así que insistí: ´Olvidate de Patricia. Por favor, retrocedé el diálogo y volvé a leer lo que puse´. Ahí entendió que yo estaba interesado en ella”.

En ese momento, a Belén se le presentó una gran duda: “¿Qué iba a hacer, si todos estaban llenándole la cabeza a mi amiga con él? Pero lo más gracioso es que le hablé para preguntarle si le molestaba que saliéramos y ella me sorprendió: ´Olvidate: sin que nadie sepa, yo también estoy saliendo con alguien del grupo´. Y así empezamos”.

Gracias a ese grupo de apoyo –en particular, de la contención de Gabriel-, Belén no solo encontró amigos y un amor, sino también la fuerza para operarse y comenzar el arduo proceso de rehabilitación. La encendieron el 16 de diciembre del 2004 y, a diferencia de él, durante dos meses tuvo sensaciones auditivas que, si bien eran esperables, la inquietaban mucho.

Con tiempo y paciencia, fue escuchando cada vez más, hasta que ambos pudieron compartir la magia que implicaba descubrir sonidos día a día. “Al principio no le enganchaba la onda, hasta que de tanto que me lo repetían, empiezo a reconocer mi nombre. Esa soy yo. De a poco empezaron a aparecer las vocales. Al principio era un juego, como de chicos, un tatetí.

Pero pronto empezaron a surgir las palabras”, cuenta Belén. Poco a poco, la relación fue creciendo y consolidándose: la hicieron oficial delante del grupo, se fueron de vacaciones a Córdoba y hasta comenzaron a convivir hace ya un año y medio. “Es divertido, porque como los dos usamos el mismo sistema, se dan los mismos códigos: ¿Tenés pilas? ¿Te acordaste de cargar la batería? ¿Sacás turno para el médico vos o saco yo?. Hoy por hoy, ir a lo de Diamante es como una visita familiar. Somos un combo”, reconoce ella.

Del mismo modo en que el vínculo fue prosperando, su posibilidad de comunicarse también. Hoy, él se siente muy seguro para desarrollar su trabajo en IBM e interactuar con los demás. Hoy, ella puede dar clases en una escuela púbica común. Hoy, ambos comparten su rutina con una persona especial, quien pasó por las mismas experiencias y valora todos los logros conseguidos. Hoy, ambos, encontraron a su verdadero amor.

Publicado en:
Revista Oír ahora y siempre

http://www.oirahoraysiempre.com/revistas/Revista_nro10.pdf
Año 3 - Número 10
Argentina - Enero 2013
Páginas No. 6 y 7

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