domingo, 5 de mayo de 2013

0410. Testimonio: Agustín Rivera - Cartagena, Colombia

El pintor Agustín Rivera perdió la audición a los 14 años de edad, producto de una papera. Más eso nunca significó un obstáculo.


Pinceladas sin límites - Agustín Rivera
Por: Johana Corrales
eluniversal.com.co
Cartagena - Colombia 

Mayo 05 de 2013. 
Pinceladas sin límites

Agustín Rivera - Cartagena, Colombia

“Tengo mis limitaciones, pero en pintura esas limitaciones no existen”, es lo primero que me dice Agustín Rivera, un sordo y encantador pintor. 

Es una entrevista muy especial. Todas las preguntas las tengo que escribir en una libreta y esperar unos segundos a que las lea y me responda. 

Enciendo la grabadora y me pide con mucho tacto que, por favor, la apague. Que prefiere que tome nota, como se hacía años atrás. 

Lo obedezco al instante. Ahora, se siente en confianza. Sus maestros en la Universidad de Bellas Artes, donde se formó, fueron grandes artistas que hicieron sus estudios en Europa. 

Por su salón de clases pasaron Pierre Daguet, Eladio Gil, Juan Sebastián Horrillo, Pedro Ángel González y Miguel Sebastián Guerrero, entre otros. 

“Recuerdo en especial las clases con Pierre. De él aprendí sobre la composición y a mirar de una manera más objetiva; y, a la vez subjetiva, la obra”, expresa. 

Es un tipo muy culto y a la vez sencillo. Lo noto por la forma en que expresa sus ideas. Se la pasa leyendo literatura, novelas en prosa, revista especializadas en arte e historia del arte. 

“Me adapté al mundo del silencio” 

Perdió la audición a los 14 años de edad, producto de una papera. Antes del percance era un niño inquieto y amante de los deportes. Pero padecida la enfermedad sufrió mucho intentando adaptarse a esa nueva condición. 

“Al principio fue duro, pero me acostumbré a leer los labios. Me adapté al mundo del silencio”, expresa. 

Dice que su pasión por el arte no se la heredó a ningún miembro de su familia. Pese a ello, confiesa que su madre tiene cierta habilidad con las manos. 

Tiene recuerdos de cuando era más joven haciendo manualidades en su casa, junto a sus otros tres hermanos: Walberto Rivera, ingeniero; Edgardo Rivera, médico ortopeda; y, Elida Rivera; fisioterapeuta. 

Justo en este momento de la entrevista se me acaba la tinta del plumero y no tengo cómo seguir escribiéndole las preguntas. De modo que ahora las cosas cambian un poco: me leerá los labios. 

Tiene una habilidad tremenda para descifrar lo que le estoy preguntando. Si no supiera de su discapacidad, estoy segura que no lo hubiera notado. 

No es de esos personajes que quieren que termines la entrevista porque sientes que hacen un esfuerzo para estar ahí. Agustín tiene un aura muy positiva y resulta un conversador muy agradable. 

Se apasiona tanto cuando habla de sus cuadros, en especial de uno: El bodegón de la abuela, una impecable representación de una cocina antigua.

“En ese cuadro que usted está viendo (lo señala) me concentré de principio a fin. Así era la cocina que tenía mi bisabuela. Lo pinté, porque cuando iba a otras casas veía cocinas integrales por todas partes y me cuestionaba sobre cómo han cambiado las cocinas”, cuenta. 

“El nombre también debía ser sencillo. No es necesario buscar nombres complejos. Por eso se llama El bodegón de la abuela”, agrega. 

De repente, se acuerda que trae en su bolsa su implante coclear, un pequeño dispositivo que lo ayuda a escuchar mejor. 

No lo usa. Se acostumbró al silencio. Aparte de eso, la idea de perder ese costoso aparatico lo aterra, de modo que prefiere estar sin él. 

Le pregunté qué tanto había cambiado su vida ahora que cuenta con el interlocutor y ha podido volver a escuchar. 

“Como ya yo había oído, no me sorprende. Son los mismos sonidos, nunca se me olvida un sonido. Siempre está ahí. Viene de una manera más extraña, pero yo sé cómo funcionan las cosas. Cuando una persona ya ha oído ese sonido, no se le olvida. Eso no se borra”, precisa. 

Asocia los sonidos con los olores. Después que perdió la audición le da valor e importancia a los otros sentidos. 

“Había una señora que tenía un perfume en 1972. Ese perfume, después de treinta o cuarenta años, volví a olerlo y lo asocie enseguida con esa época”, comenta sonriendo. 

En estos 38 años de carrera han sido varios los logros que ha conseguido. Tuvo, durante 15 años, una compañía con el artista Jorge Trucco al frente de la Casa Pombo. 

En ese periodo, cuenta Agustín, desarrolló una nueva forma de ver el mundo. Piensa mucho en esa época porque el local pasaba lleno de pintores de todas partes del mundo. 

También tuvo una galería en la Calle Santodomingo. Los que más compraban sus obras eran extranjeros. Y sigue siendo así. 

Ha expuesto en el Salón Nacional de la Costa Norte Cartagena, en el Salón Nacional de la Costa Barranquilla, en el Hotel Sinú (Montería), en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en el diario El Universal, en la Casa de la Cultura de Telecom, en Bellas Artes, en la Galería Santodomingo y actualmente expone en la Galería El Anticuario, El Pulguero, administrado por su amiga María del Socorro Pinzón, una de los que más han creído en su talento. 

Se define como un tipo introvertido, inquieto por saber, interesado y muy sensible. No se ve haciendo otra cosa distinta a ser artista. 

“Me apasionan las expresiones de los personajes, la interpretación que tengo hacia el modelo, cada modelo tiene su lectura, cada modelo transmite una emoción diferente hacia cada espectador”. 

Es especialista en artes plásticas. De todas las piezas y creaciones que se pueden hacer en el arte, su verdadera pasión es pintar sobre óleo. 

“La pintura en óleo tiene la consistencia, los colores son más naturales. El acrílico es artificial. Las grandes obras de la historia están hechas en óleo”. 

No tiene nada en contra de la juventud, pero de la forma más respetuosa me pregunta que si puede aprovechar esta oportunidad para invitar a los jóvenes a que hagan mejor uso de su tiempo y prioridades. 

“En mis tiempos, mis amigos y yo pasábamos estudiando. Los fines de semana salíamos, pero los días de lunes a viernes eran de mucho estudio. Los muchachos de ahora ni estudian, pasan el tiempo sin aprovecharlo. Son apáticos. Les falta empuje”. 

Al principio de esta entrevista, Agustín fue enfático en que sus limitaciones no tenían nada que ver con su talento. Y es cierto, no sólo porque él lo diga, sino porque sus cuadros son su mejor carta de presentación en cuanto a técnica, detalle y amor por lo que se hace con pasión. 

“Me siento feliz pintando. Me siento liberado al crear cosas de la nada. Lo que más me gusta de mi oficio es la posibilidad de crear de una cosa sencilla el objeto más interesante”, concluye. 

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