sábado, 27 de septiembre de 2014

0593. Testimonio: Iris Huerga (25) es actriz, modelo y deportista. A los dos años, una meningitis la dejó en coma. La secuela fue la disminución de su capacidad auditiva. Prejuicios, límites y barreras.


“Soy sorda, pero ninguna tonta”
Por: Alejandro Margulis
Sordera y comunicación

Iris Huerga (25) es actriz, modelo y deportista. A los dos años, una meningitis la dejó en coma. La secuela fue la disminución de su capacidad auditiva. Prejuicios, límites y barreras.

El viernes pasado, en la Argentina, y en otros países el 27, el 28 y el 29 de setiembre, se recuerda el día de las personas con capacidades auditivas disminuidas. O, como se anuncia en el blog de la Confederación Argentina de Sordomudos, el “Día Internacional de las Personas Sordas”. Por otra parte, para mediados de noviembre, se espera el estreno de “Sordo”, una película del realizador Marcos Martínez, que aborda esta problemática. Iris Huerga (25) -una de las protagonistas de esta nueva producción del cine nacional- tenía dos años cuando un episodio hospitalario la dejó sorda.

Después, varios años después, fue galardonada en el certamen internacional Miss Deaf 2012 que se realizó en Praga, República Checa, como la “octava belleza sorda del mundo y la número uno de América”. Iris es empleada administrativa en una empresa estatal, estudiante de administración de empresas y deportista. Con su participación en “Sordo”, va en camino a convertirse en la primera modelo y actriz de la comunidad sorda en llegar a la pantalla grande de la Argentina.

Lo inesperado

A los dos años, cuando rodó por la escalera caracol de la casa de su abuela, debieron internarla y quedó en observación en el Hospital de Niños de San Salvador de Jujuy. El diagnóstico fue inapelable: fisura frontal. El episodio pudo quedar en un susto grave, pero no fue así: en la sala común, otra paciente, internada con neumonía, le transmitió gérmenes que anidaron en la fisura. La consecuencia fue una meningitis post traumática que la dejó en coma durante tres días. Al volver en sí, Iris Huerga había perdido la mitad de la audición en el oído derecho y casi toda en el izquierdo.

La meningitis temprana es una de las principales causas que llevan a la sordera no hereditaria. Iris pasó a ser parte de esas personas con capacidades auditivas disminuidas y ahora lucha por su derecho a estar integrados al resto de la sociedad.

“¿Sos de Japón?”

La reacción de su familia -cuatro hermanos mayores y una hermana menor- no se hizo esperar: sus padres, al año del accidente hospitalario la inscribieron en el Instituto Hellen Keller para iniciar una rehabilitación intensiva. Ahí estuvo hasta los ocho años. Entonces, su papá dijo “basta de lengua de señas” y la cambiaron a una escuela normal.

“A mi papá no le gustaba que yo hablara como una monita. Quería que aprendiera a hablar y a escuchar como todos”, le dice Iris a Mujer, con una voz aguda que suena como si se oyera a una muchacha extranjera, oriental, y los rasgos afiladamente exóticos de su carita jujeña contribuyen a la equivocación. “Cuando me escuchan me preguntan si soy de Japón. Les digo no: soy hipoacúsica”.

Es el modo en que modula ciertas palabras lo que puede confundir al que escucha. Acaso porque las terminaciones de los sonidos agudos se funden de tal manera que, por ejemplo, Jujuy pasa a ser simplemente Juy. Sobre su percepción, explica: “Muchas cosas se me escapan. Millones de palabras se me escapan. Las graves las escucho mejor si son dichas despacio. Odio cuando todos hablan rápido. La comunicación es cuando se habla normalmente. A veces me asusta tener que hablar. Me pone más tímida. Yo soy sociable, pero me cuesta. Si alguna persona es buena puedo hablar más, como ahora”.

La tenacidad

A los nueve años, Iris pudo escuchar a Britney Spears en la computadora de su hermano y le encantó. “Todos los sordos pueden escuchar con audífono”, explica. “Algunos escuchan los instrumentos pero no al cantante. A mi ex novio le gustaba mucho escuchar rock, para bailar, pero no a los cantantes, no el rock con las canciones”.

Un día, a los doce años, mientras miraba un programa de televisión sobre los premios de belleza Mis Mundo, le dijo a su mamá que quería participar de ese certamen. Su madre no la tomó en serio y le habló de las dificultades que le planteaba la sordera para hacerse entender. Ella reaccionó desafiante: dijo que estudiaría inglés para hablar como las demás. Fue algo más que una simple reacción, fue una convicción que llevó a la práctica con la tenacidad que empezaría a caracterizarla.

Al año siguiente, Iris cantaba en inglés.

“Es que a la música yo la tengo clavada en la cabeza”, explica, casi como si necesitara justificarse. El tiempo iba pasando y los amigos de sus hermanos le decían que era muy linda. Ella agradecía, dudaba, se miraba al espejo y por momentos creía que sí, que era linda... En 2012, en Praga, se lo confirmaron. Era una de las chicas sordas más lindas del mundo.

Sensatez y sentimientos

Iris usa un audífono que solo se quita cuando se va a dormir y para bañarse. Hace cuatro años se realizó lo que se conoce como implante cloclear, un dispositivo que actúa estimulando el nervio auditivo. “Yo puedo conectarme con cualquiera”, asegura, pero queda claro que para eso debe entrar en confianza. Por cierto, la comunicación esta hecha de múltiples variables y ella no se siente cómoda ante los que hablan a las apuradas o con modales desaprensivos.

Su relato se vuelve detallado: “Mi papá quería que hiciera una fiesta de quince y yo dije que no porque prefería comprarme una bicicleta. El me llevaba siempre a practicar a una pista. Ahí había muchos varones y mi papá me presentó. Un chico pudo comunicarse conmigo. Hablamos como cualquiera y nos enamoramos. Hasta que un día lo vi hablando con un amigo acerca de otra chica. ‘¿De qué estás hablando?’, le pregunté. ‘Nada’, me dijo, ‘de la bicicleta’. Me dio rabia. Yo había escuchado y había entendido. ‘¿Vos te crees que yo soy boluda?’, sí, me enojé mucho”.

En su historia por hacerse respetar, de pura casualidad, otra vez le tocó escuchar como se referían a ella de manera despectiva. La describían como “la novia de un chico hermoso, pero boba, medio tonta, que habla raro”. Nadie sabía que ella estaba ahí. Y no vaciló, tomó el toro por las astas y presentándose dijo que era la chica boba y medio tonta. El entorno emudeció y la vocera, que no sabía en dónde meterse, le pidió disculpas. “Pero, vos hablás muy bien...”, balbuceó.

Otro trance desagradable tuvo lugar en el colegio secundario. La insultaban, la ofendían. “Sorda puta, me decían. Hoy creo que, en realidad, lo que pasaba era que no me tenían confianza”.

La directora del colegio no creyó en su versión ni atendió sus reclamos. Iris no perdió la cabeza y siguió batallando hasta que una profesora sensata empezó a apoyarla y a defenderla. De a poco, algunos compañeros hicieron el clic y se acercaron a pedirle disculpas. La buena gente, los buenos sentimientos se imponían. Poco después fue elegida reina por su belleza en la fiesta de los estudiantes. “Al final, entendieron que yo era una persona como cualquiera. Lo que pasa es que la mayoría no sabe cómo relacionarse con un sordo. Piensan que tenemos problemas mentales, que no hablamos ni escuchamos. Falta información. Para eso hicimos la película, para que se vea que los sordos somos iguales a todos. Solo que no escuchamos. No es una enfermedad. En realidad es muy difícil explicarlo.”

Entender el mundo

En el cumpleaños de su mejor amiga un chico se interesó por ella. “Se llama Iris, pero te aviso: es sorda”, le aclararon. Iris asistió desde lejos al diálogo. Entendió todo leyendo los labios: vio cómo al interesado le cambiaba la cara. “Al saber que era sorda ya no quiso bailar conmigo. Yo no me hice problema y bailé con otro chico”.

El amor, para Iris, es como para cualquiera: por momentos se hace esquivo, por momentos llega y se instala, a veces se queda, a veces se va. Con su último novio, un chico alto y atlético, se conoció mientras estudiaban Administración de Empresas en una asociación de personas discapacitadas. Iris lo había intentado en una universidad pero tuvo que desistir porque no lograba leer los labios del profesor, tapados por el micrófono que necesitaba para dirigirse a un auditorio muy amplio.

Ella recuerda que los había unido el amor por el deporte. El jugaba tenis y voley y viajó a Bulgaria y Brasil en representación de la Argentina durante las Olimpíadas de Hipoacúsicos. Ella, que fue revelación en el fútbol femenino de Jujuy, hace voley, fue goleadora en hockey y obtuvo el segundo puesto en una prueba de maratón para personas con capacidades diferentes. Y si aquél noviazgo hoy pertenece al pasado, Iris es optimista en las cuestiones del corazón. Su sueño es casarse cuando aparezca el hombre indicado y tener hijos: quiere ser una madre joven.

Recuerda que cuando llegó a Buenos Aires, a los 23 años, fue a vivir a un hogar de sordomudos. “Ahí empecé a entender cómo era el mundo, éste mundo. Tardé un año en aprender el lenguaje de señas, pero cuando lo conseguí me sentí muy cómoda. Encontré un camino”.

Fue al volver a Jujuy, de vacaciones, que le exigió a su madre que dejara de llamarla silbándole. “‘Mamá, no me gusta que me llames así, parezco una perra’, le dije. Según ella, yo no la escuchaba. ‘¡Entonces llamame más fuerte!’, protesté. Ella es una persona divina, pero muy cabeza dura. Mis hermanos nunca me silbaron, y tampoco mi papá”.

En estos días, la actriz, la modelo, la deportista, tiene un sueño recurrente: su mamá la llama, pero no tocándola en el hombro como acostumbra a hacerlo su jefe, ni silbándole, como hacía hasta que ella se lo prohibió; en el sueño, su madre la llama por su nombre: “Iris, Iris...”. Entonces ella despierta con una sonrisa plena.

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