domingo, 27 de noviembre de 2016

0756. Reflexión: NO HAY PEOR SORDO... - Por: Adela Celorio

Resultado de imagen para sordera
Foto copiada de google

NO HAY PEOR SORDO...
Por: Adela Celorio

Es imprescindible escuchar bien para poder apreciar el valor del silencio.

No existen antecedentes de sordera en mi familia. Mis abuelos oían hasta lo que no, mamá escuchaba muy bien tras las puertas. "Cuidado en lo que piensas porque yo puedo oírlo"-alardeaba papá- y, con ese maravilloso oído que Dios le concedió, podía escuchar hasta los chismes que le contaban los pájaros porque con frecuencia aseguraba: "me lo dijo un pajarito".

No, no hay antecedentes de sordera en mi familia, y es por eso que cuando empecé a preguntar como la ancianita que aparecía con una mano tras la oreja en el libro en que aprendí las vocales: ¿eeeh?.  


Mis hermanas, siempre apoyadoras y compasivas, empezaron a llamarme sorda y, con el afán de ayudarme, informaban a cualquiera que me hablara: "grítele porque la pobre no oye nada". Digamos que no me afectó porque:  "no es cierto" -pensé- hasta que en una revisión de rutina, el otorrino me preguntó: ¿ya se dio cuenta que oye muy mal?. Después de hacerme varios estudios me informó que necesitaba un aparato de audición. "No es para tanto" -pensé- y aprendí a responder con una sonrisa misteriosa todo aquello que no lograba escuchar.

Así me mantuve a flote por un tiempo hasta que descubrí que mi sonrisa misteriosa había perdido su eficacia cuando las conversaciones se convirtieron en una masa de ruido indescifrable y poco a poco familia y amigos me fueron marginando hasta el punto de hacerme sentir invisible. ¡No me importa, total ellos se lo pierden! -me engañé nuevamente-.

La verdad es que me sentía humillada, sola, desesperada: ¡Hábleme fuerte por favor! -exigía en la bocina del teléfono a la empleada de la tienda o a la cajera del banco-, quienes en un principio levantaban un poco la voz pero luego, para mi total desesperación, recuperaban su tono normal, inaudible para mí. 

Resultado de imagen para audífonos para sordera
Foto copiada de google
 
Finalmente en secreto como quien comete un delito, accedí a colocarme un pequeñísimo aparato de audición que me devolvió al mundo sonoro, a la alegría de escuchar el gorjeo de mis nietos, el cliqueo de la lluvia sobre mi techo de cristal, a la música y confidencias en voz baja de mis amigas. Pero como no hay nada perfecto, recuperé también las groseras estridencias que nos impone la vida en una gran ciudad: el pertinaz ruido de los aires acondicionados, el taladrante de las ambulancias, el timbre de los teléfonos celulares que irrumpen en el silencio sagrado de la congregación, a la mitad de una obra de teatro, o generan una oleada de risas nerviosas en medio de una oración fúnebre en un velorio.

Recuperé el ruido de fondo de los motores, del claxón de los conductores desesperados y las estridentes voces de mis hermanas que hablaban libremente delante de mí. Escuché cosas que prefería no haber escuchado nunca y que solo de recordarlas me estremecen porque "ni te preocupes, ella no oye nada", decían.

Fue así como en medio de la soledad a la que me remitió la sordera, revaloré el mundo sonoro, aunque también, con la recuperación del sonido aprendí a valorar el bendito silencio que propicia la quietud que el alma necesita para oxigenarse, para orar, para crear. Descubrí que nada de lo que vale la pena se consigue en medio del mundanal ruido y he aprendido a administrarme.

El pequeñísimo aparato de audición me permite ser selectiva: escuchar solo aquello que me interesa y retirarlo a mi gusto porque: "No hay peor sordo que el que no quiere oír". He recuperado la sonrisa que ahora si es misteriosa y, cuando es absolutamente necesario explicar porque estoy enterada de algo que se supone no pude haber oído, respondo como aprendí de papá: "me lo dijo un pajarito".

No hay comentarios:

Publicar un comentario